RPDC, catolicismo y reunificación pacífica (1995)

Traducción abreviada del texto Elección y Práctica (선택과 실천), publicación monográfica de 10 pág. del Comité Central de la Asociación Católica de la RPDC (조선천주교인협회 중앙위원회), Pyongyang, 1995

Desde el tiempo en que Nuestro Señor de los Cielos creó a la Humanidad, siempre ha brillado, orgullosa ante el mundo, la sabiduría de nuestro pueblo coreano, siempre fue una sola patria, una sola nación sobre esta tierra, el legado de nuestros antepasados se mantuvo a través de las generaciones, creó y desarrolló una cultura milenaria y una imperecedera historia.

En la historia de la nación coreana, la comunidad católica ha desempeñado un papel nada desdeñable, una fe que ha pervivido a lo largo del tiempo, fortalecida a través numerosas y duras pruebas y altibajos. En nuestros días, la división artificial del país a cargo de potencias externas, la separación de nuestra patria y nuestra nación en norte y sur, ha supuesto para la comunidad católica un sinfín de padeceres. Mas aquello que era un solo cuerpo no puede vivir partido en dos, de forma artificial, no puede soportar más ese dolor y deberá, cuanto antes, ser lo que era.

Lo dicen las Sagradas Escrituras, “Todo país dividido y enfrentado internamente sucumbirá, como no habrá vecindario ni casa que pueda perdurar dividida, enfrentados sus miembros” (Mateo 12-25). Es nuestro ardiente anhelo, como comunidad católica y común con toda la nación coreana, que desaparezca la división, el enfrentamiento interno, que la reunificación nos permita recuperar nuestra única Patria. 

En estos tiempos, para llevar a cabo tan fervoroso deseo y reunir aquello que no debió separarse hemos de hallar, y afianzar, la vía que sea más precisa y justa, que abrace a toda la Nación, la que se encuentra en el Norte, la del Sur y la diáspora coreana, diseminada por otros países. Mas en lugar de ello, ¿qué tenemos hoy día? A las dos partes enfrentadas y sin posibilidad de acuerdo a la vista.

Veamos cuál es la teoría y la vía que, inspirada por la fuerza y el deseo vital de nuestra doctrina católica, caracterizada por el criterio de ecuanimidad mostrado y edificado por nuestro Señor, proponemos para la reunificación de las dos partes de una manera justa y equitativa.

Las autoridades del Sur plantean lo que llaman una “vía de reunificación en base a la esencia común de la nación coreana”, pero se trata de algo superficial, de una fachada que deja aflorar la verdadera intención de dichas autoridades: perpetuar la división de nuestro pueblo. El planteamiento de la “unificación sistémica”, basada en la realización de un solo estado y con un solo sistema político, equivale a prolongar la separación a perpetuidad, transmitiendo una subyacente postura que resulta contraria a la reunificación y peor aún, se trata de una necia quimera consistente en desplegar una diplomacia basada en la dependencia y solícita de mediaciones externas, sucumbiendo al engaño de creer que las vías de unión por absorción de una de las partes, efectuadas en otros países, puede funcionar en el nuestro.

En las conferencias celebradas, las autoridades del Sur no mostraron una actitud honesta y una posición consistente en tratar de imponer su agenda a la otra parte solicitando para ello la intervención de otros países. Ello revela una posición sumisa y arrodillada además de divisionista, una reedición de aquellas fracasadas artimañas anteriores que buscaban una  “reunificación por victoria sobre el comunismo”

Al mismo tiempo que despliegan este tipo de pérfidas maniobras, de intentar vender falsas propuestas de reunificación cuya verdadera naturaleza es divisionista y contraria a la propia unión del país, se dedican a maquillar sus truculentos planes, consistentes, ni más ni menos, en devorar a la otra parte, y cuya puesta en práctica es objeto de obstinados y constantes empeños por parte de unas autoridades surcoreanas que, anualmente, llevan a cabo la represión del espíritu y la fuerza patriótica pro-unificación así como los llamados “team spirit”, entrenamientos militares conjuntos con EEUU.


Por todo ello decimos que esas “vías de reunificación” que proclaman a bombo y platillo no pasan de ser una serie de falsos predicados utilizados como meras argucias planteadas en realidad para resolver sus propia crisis políticas y que revelan por doquier que esa  “reunificación” de la que ellos hablan, bajo su envoltorio, no es sino un polvorín de guerra. Está, pues, ampliamente comprobado que las autoridades surcoreanas no son sino un enemigo de la nación que da la espalda a los santos Evangelios católicos, un enemigo de la reunificación y de la paz.

En base a su lúcido conocimiento de los anhelos e intereses de la nación coreana, nuestro apreciado líder Kim Il Sung desveló en los siguientes términos una vía de reunificación basada en la equidad y la justicia:

En base a las circunstancias de nuestra nación, con la coexistencia de dos sistemas diferentes en Norte y Sur, la reunificación ha de llevarse a cabo a través de un sistema federal sustentado en la coexistencia de dos sistemas políticos y dos gobiernos en una sola nación y en un solo Estado, sobre el principio de que ninguna de las partes engulla ni sea engullida por la otra” (fragmento del Discurso de Año Nuevo de 1991

(…) 


Se trataría, pues, de un sistema federal donde los dos gobiernos se mantendrían tal cual, así como  los dos sistemas políticos, diferentes entre sí, existiendo por encima de ellos un Estado-nación unido.

(…)

Como consecuencia de la prolongada división del país, los sistemas surgidos en cada parte se han ido consolidando (…) Por tanto, la unificación sistémica que plantea el Sur solo podría llevarse a cabo, siendo realistas, si una de las partes renunciara a su sistema. Sería imposible de estimar, por otra parte, cuándo podría llevarse a cabo dicha unificación. Cualquier intento por unificar sistemas obligaría a tomar como premisa que una de las partes engullera a la otra y tratar de imponer aquello que no se puede asumirnaturalmente conllevaría, de forma inevitable, un enconamiento de la desconfianza mutua, de la confrontación, un clima de irreversible colisión y, peor, una catástrofe nacional.

Nuestro apreciado líder Kim Il Sung entendió que, si se tomo como punto de partida el origen común del pueblo coreano, priorizándolo sobre las diferencias de los sistemas políticos, se podría mantener los dos sistemas en una sola nación, en un Estado unificado y en este principio se asienta el plan de reunificación audaz y creativo que planteó, consistente conseguir una federación basada en el mantenimiento de dos gobiernos en un solo país.


Las autoridades del Sur, al mismo tiempo que hablan, en años recientes, de una teoría de la “heterogeneización” de Corea, van planteando que, para conseguir la reunificación, ha de darse en primer lugar una restauración de la “homogeneidad” de Norte y Sur. Como si Corea no fuese una sola nación, antes y ahora, como si hubiera cambiado en algo el origen común de lo que ahora son dos partes.

El hecho de que las autoridades del Sur entonen a un tiempo dicha teoría de la “heterogeneización” y propongan una vía de reunificación basada en la restauración de la “homogeneidad” no es más que una muestra maquillada de su irracional obstinación por perseguir sus intereses políticos, engañando a la Nación, manteniendo la división artificial de nuestro pueblo y haciendo del problema de la reunificación objeto de burla.

En una familia puede variar mucho el físico de cada miembro, su personalidad, sus gustos y aficiones, sus visiones políticas y credos religiosos sin que por ello dejen de ser una familia, sin que su relación tenga que cambiar.

(…)

Como comunidad católica, dicha ocurrencias de las autoridades surcoreanas (…) nos parece un meros sofisma, una falacia insultante para la Nación. Qué importancia (…) puede tener una heterogeneidad surgida del desarrollo de sistemas diferentes durante poco más de 40 años de división, comparada con todo el proceso histórico de conformación y consolidación de una Nación sobre esta tierra con que el Señor bendijo a nuestro pueblo…

Si se toma como prioridad la unión del pueblo coreano, la diferencia entre dos sistemas no puede, en ningún caso, suponer una barrera infranqueable. Los dos sistemas siempre podrán coexistir en un Estado unido. Si la disyuntiva es entre una unión sistémica en que una de las partes, en base a su sistema político, engulla a la otra y, por otro lado, una vía que ponga en el centro el destino de la Nación preservando los dos sistemas, las posiciones confrontadas son, respectivamente, una postura posición divisionista que prioriza la diferencia sistémica, posponiendo la reunificación sine die, y otra orientada a la reunificación que, priorizando la homogeneidad de la Nación, plasma el deseo de una pronta reunificación nacional; estamos, dicho de otro modo, ante un choque entre una postura de traición a la patria y otra motivada por el amor a ésta.

Así pues, en la vía señalada por nuestro Apreciado Líder Kim Il Sung está (…) el principio fundamental de la vía más justa y cabal para la reunificación, la que permite llevar a cabo ésta en concordancia con el interés y las necesidades de nuestra nación.

Para la doctrina católica, (…) el criterio que resulta fundamental a efectos de reunificación es el de la equidad. Sin una garantía de equidad, la reunificación no se podrá llevar a cabo o, aun en caso de que se pudiera, sería en un clima dominado por la confusión y las contradicciones (…) La circunstancia de haber vivido tanto tiempo con dos sistemas y dos formas de pensar distintos, con amplias diferencias de intereses entre las distintas clases y estratos sociales de Norte y Sur, hace que dicha garantía de equidad cobre especial relevancia en el caso de la nación coreana. Si no es sobre le respeto a los aludidos intereses de cada parte, no será posible una reunificación garante de la igualdad. Si el  proceso se lleva a cabo siguiendo una lógica en la que determinados grupos de interés o determinadas clases resulten beneficiarias de privilegios o saquen provecho, imponiendo obligaciones e infringiendo daños a otras clases y grupos, creando desigualdades entre distintas regiones, no se podrá pretender que haya una estabilidad del país ni podrá la unión coreana ser consolidada y robusta.

Si se lleva a cabo una autonomía que mantenga intactos los dos sistemas, no habrá perjuicio para la dignidad y los intereses fundamentales de la Nación; no existirá el temor a perder los derechos adquiridos que se disfrutan actualmente. Tampoco habrá barrera alguna a las actividades corporativas de capital extranjero que  actualmente se desarrollan en el Sur. 

La fundación de dicho país unido en base al federalismo se establecería con la participación de Norte y Sur en condiciones de igual potestad, manteniendo también iguales derechos y obligaciones en la gestión del gobierno unificado. Quedaría establecido que una y otra parte se garantizasen mutuamente la equidad y, al no ejercer ni tampoco sufrir opresión ninguna de las partes sobre la otra, esta vía de reunificación basada de base federal sería inclusiva para las dos partes. El principio fundamental es posibilitar que los problemas de la reunificación se aborden con la única fuerza de la nación coreana (…)

La actual división en Norte y Sur de la nación que, a lo largo de la historia, habitó este territorio, heredera de una misma sangre, no se debe sino al poder externo. Solo las potencias externas son responsables de la división artificial de nuestro país, autoras de la desgracia y el sufrimiento de nuestro pueblo, y tampoco obedece a otra causa, más que a dichos intereses extranjeros y su intervencionismo, el hecho de que la división se prolongue. De no ser por dicha injerencia, por las argucias intervencionistas de las potencias extranjeras, no habrían tenido lugar la división de nuestro país ni toda la desgracia y el sufrimiento acumulado por nuestro pueblo.

Se trata de una división, de un enfrentamiento Norte-Sur inducido por potencias extranjeras y sus argucias, destinadas a pescar en río revuelto y cuyas consecuencias no sufre nadie más que nuestra Nación. A ésta, únicamente, corresponde la autonomía para resolver los problemas derivados de la situación, no pudiendo dejarlos en manos de potencias foráneas ni pudiendo éstas aportar solución alguna a la resolución del problema.

Y es que sería una total necedad no creer en nuestras propias fuerzas, en la sapiencia de nuestro pueblo, confiando en vez de eso en fuerzas externas, ponernos en sus manos y actuar como traidores vendepatrias rendidos a dichas potencias. Se trata de una verdad probada por la historia, por los hechos. Nuestro pueblo no precisa mediación, aval ni autoridad externa alguna, rechazando con firmeza y convicción toda injerencia de otros países .

(…)

Por mucho que la reunificación sea, para la nación coreana, el horizonte más preciado de este mundo, no deseamos, empero, un conflicto bélico que traería a nuestro pueblo una cantidad incalculable de calamidades y sacrificios. De qué serviría una unión de la Patria si ésta se lleva a cabo sin su pueblo…

Ya sufrimos lo indecible en los tres años de la última guerra.

Aun hoy, al otro lado de la Línea de Demarcación Militar, en Corea del Sur, el ejército estadounidense dispone de más de mil unidades armamentísticas nucleares y del arsenal más novedoso, orientado a la invasión del Norte, un polvorín que, si saltara una chispa, daría lugar a una guerra termonuclear que conllevaría, a su vez, el exterminio de nuestra nación. La vía militar pondría en peligro la mera existencia de la nación coreana y no podemos aceptarla bajo ningún concepto.

El problema de la reunificación del país consiste en eliminar la mutua desconfianza y el antagonismo fruto de la larga separación para posibilitar la reunión de nuestro pueblo. El método a aplicar, por tanto, debe ser que ninguna de las partes engulla a la otra, debe ser una vía pacífica; he aquí el modo más razonable para la reunificación de Corea, la vía que no es sino la de la fundación de un sistema federal basado en la coexistencia de dos sistemas y dos gobiernos en una sola nación, en un solo Estado.

Dicen nuestras Sagradas Escrituras, “busquemos la paz y aquello que nos sirve de mutuo apoyo” (Romanos 14-19); “Dichosos quienes trabajan por la paz” (Mateo 5-9); “Quien a hierro mata, a hierro muere” (Mateo 26-52)

El principio fundamental de la reunificación de Corea, el de la Federación con una sola nación y un solo Estado, con dos sistemas y dos gobiernos constituye, pues, la solución que está en sintonía con los anhelos y con el bien común de nuestro pueblo, en consonancia con nuestras Sagradas Escrituras y es la vía más sensata para una solución pacífica estando, además, en línea con la tendencia que a nivel mundial clama por soluciones basadas en el alivio y la reconciliación.

Siguiendo esta vía, nuestro país, una vez reunido, contribuirá a consolidar la paz en Asia y en el mundo desarrollándose como país neutral, no siendo estado satélite de otros, no incorporándose a unión político-militar o bloque alguno, siguiendo un planteamiento de unión nacional en sintonía con las oraciones que la comunidad católica dedica siempre a la paz y la reconciliación del mundo entero, no imponiendo sacrificios a ninguna de las partes. Es, por todo ello, la vía que hará posible el mayor anhelo de la nación coreana.

(…) 

La reunificación de la Patria es nuestra mayor tarea en esta Tierra, no solo para el Norte, para el Sur y para la diáspora coreana en todos los países sino para toda la comunidad católica. No estamos, por otra parte, ante un problema que se vaya a resolver desde posturas de preocupación estática, precisando, por el contrario, una implicación activa de la nación entera que trascienda las diferencias ideológicas, religiosas, de vínculos y profesiones, económicas, de nivel formativo y todas las diferencias en general.

Hermanas y hermanos, amigas y amigos de la comunidad católica coreana, no dejemos de elevar nuestras plegarias para que, como pueblo, podamos elegir y llevar a la práctica aquello que es preciso para la reunificación de la Patria.